Con 98 inviernos en su espalda, ayer mi abuela se marchó al encuentro del Arquitecto del Universo. Este suceso marca una etapa importante en la vida de toda mi familia. Y es que más allá de haber criado a mi madre, a mi y mis hermanas, mis hijas e incluso un bisnieto, mi abuela Inés tenía la fortaleza y sabiduría que hoy por hoy tienen pocas personas.
Casi analfabeta por avatares de sus primeros años de vida, se casó muy joven, creo que de 13 años, y tuvo 16 hijos de los cuales le sobreviven sólo seis (mi madre la única mujer). Trabajó en todo lo que pudo para poder mantener a su gran prole. En un decisión importante, salió de su natal Potosí para venir a Chuquiago, ciudad donde terminó su vida, hizo crecer a sus hijos y se apagó como luciérnaga en la montaña.
Un accidente fortuito quebró su salud de hierro hace varios años ya y dejó de ser el elemento aglutinador de todo un clan familiar. Sin poder moverse y casi sin hablar, trató de llevar su vida con dignidad, pero al final el tiempo prestado se terminó y su corazón se apagó definitivamente.
Quedamos quienes de una u otra forma crecimos bajo su ala y la acompañamos (quizás no lo suficiente) en su declive, pero quedamos con el vacío de su ausencia, de su mirada enigmática, de la deliciosa sazón de su cocina y de las múltiples charlas que teníamos en las largas tardes en la casa solariega que construyó en San Jorge.
Hoy ya no estás presente entre nosotros, pero siempre estarás presente en los recuerdos de la primera etapa de mi vida.
Los funerales de mi “mama grande”
Abril 18, 2008 de runamasi
